Páginas vistas en total

martes, enero 31, 2017

Otra vida, otra bahía

Madonna like a prayer, 1989





Pedías otra vida, enarcando tus cejas de cobalto,
roturando tus párpados lentos en aguante, resoplando
tu frente nervada de disgusto, acorazada,
con un sabor de odios herrumbrosos en la boca,
metiendo a Dios.


Otra vida distinta, más sencilla, dorada por la calma —una bahía
mecida en la espesura de la pesca, una cabaña
crujiendo en el ocaso, con una hamaca blanca…—;
quietas noches deambuladas entre días abarcables,
largos años de suave vivir hombre, coronados
por una suave muerte inesperada.


Eras ciego:
delante de tu ahora tenías otra vida
intacta y elegible y abierta
a todas las bahías.

miércoles, diciembre 07, 2016

Plegaria


Carrie Fisher en 1977


Vas explorando terreno árido, improbable,
en gemido frío y distancia, como perro
de lomo tembloroso que husmeara
vida externa nueva
donde otros perfumaron antes con su magia los túmulos del alma.


Las leyes de ese tránsito erizado son el sueño y el recuerdo.
Recias leyes: allá entre la maleza de vergüenzas, donde odias
escarbar memorias tumefactas,
un reclamo fantasmal, un volátil humor de trufa negra
lo paraliza todo, te religa con algo que no es nada.


Lo demás es tiempo dudoso y tierra fuera:
preñadas de silencio, tus carencias
hacen uñas codiciosas y entonces, afilada y rara
polilla endémica que pasa por cedazos normativos de palabras,
ve la luz, como un recién nacido,
palpitante y compleja,
                                  la plegaria.

sábado, noviembre 12, 2016

Sueño despertar

Daysleeper


Sueño: labios, baranda, noche imaginaria. Despertar
sobre lomas en calma de otra noche —¿verdadera?—
y no saber por un instante si eres carne
o imagen proyectada. Párpados despliegan a lo negro
pupilas primitivas que apremian un ámbito exterior sin decidirlo. Rige
una ley fronteriza en la conciencia.

La breve moratoria en retomar vida baldía no es nostalgia,
porque nunca sucedió lo que soñaste. Es
un abrazar lento a la pereza de ti mismo,
un trabajo delicado de extinguir la fantasía
y volver serenamente al entendimiento blanco de las cosas.

Desciende por fin tu identidad por las lamas de luz de la persiana;
se pliega el tiempo a un orden en el brillo digital de la mesita
—la hora del suspiro y del gemido entre las sombras—:
calle X, cuidad Z, mundo D, especie H…

Y ofrece el paladar por dos veces a la lengua
un ligero sabor a caja de madera.

sábado, octubre 22, 2016

Rodrigo


Paracuellos, de Carlos Giménez


Pienso en ti, y pienso en los mecanismos del  fracaso. Muchacho
delicado te recuerdo
librando una estéril reyerta de colegio.

¿Qué es perder? Cuando el lacre vital manaba escandaloso de tu ceja
tu pírrico rival ya calculaba abrumado su galerna:
un cura de flema tenebrosa, exilio a casa,
un padre impune y monstruoso —de tal palo tal astilla—.

Eras nuevo y eras frágil, y fuiste digno como un niño.
Aquel capo de recreo y su distinguido corrillo de cobardes
esperábamos sumisión al silencio establecido, que evitaras
complicarte la vida después de un sarcasmo fornicante
sobre tu madre —pobres madres—;
que mirases huidizo hacia otra parte, como adulto…

Pero tú volvías y volvías a por puños,
cojonero, replicante; a sabiendas de la herida
física —incluso, si fuera necesaria, de la muerte—,
a sabiendas de la debilidad de todo caudillaje ante el valiente.

Tu instinto era lúcido y entero, pero solo con tiempo pude verlo.

Estoy cansado.  A veces pienso que es tarde para todo:
desertar de aquel corrillo infame, ponerme de tu lado... Debería,
aquella vez en el trabajo que aquel jefe…
o aquella otra vez que… y nunca hice nada, dije nada.

Hoy recuerdo, Rodrigo, pienso en ti
y pienso en los mecanismos del  fracaso.

jueves, octubre 06, 2016

El niño que recitaba



Recitado por Juan Ibáñez


Cayéndose del guindo, feo y marcado,
la presa de los reyes del recreo
decía, en dulce paz de ninguneo,
palabras a compás bien resguardado.

A un orden inmortal abandonado
gustoso paladeaba aquel fraseo:
pirata luna y arpa, olmo y deseo,
el fiel moro Abenamar y el tractado.

Vibraba entre las pausas un ardor,
estrófico temblor,
un destino de santo o de corsario.

Pero el río del niño da en la mar
haciendo niñería el recitar.
La prosa le hizo adulto, un ser falsario.

viernes, septiembre 16, 2016

Asuntos de septiembre

como un ñu a punto de cruzar el río Mara

Quizá no pase el tren, después de todo. Hay una lenta rutina de hojas descendiendo sobre este apeadero. Los árboles aspiran la mañana —la batalla solar— y, sin embargo, la noche no parece dispuesta a renunciar a su granítica torpeza, a su coagulación de legaña, a su blanda parsimonia de gemidos. Un viento a ras de suelo desempolva con tedio los raíles.

Asuntos de septiembre: las nubes se acumulan espaciosas por el norte, como alas de ángeles gigantes mal lavadas, esperan renovarse en aguacero; parecen dirimir si todo cambia, si nada permanece. Pero ya se despereza la luz desde levante, apremia su labor de consumar la realidad, definir el perfil de lo existente. 

Un hombre espera en la otra orilla del andén, un extranjero. Quizá piense en mí, en lo que yo pienso de él. Su aspecto es laboral, conservativo: una entrevista de trabajo en Madrid, otros negocios... Después del compromiso podrá comerse algún menú de barrio, un bocadillo. Tal vez incluso le espere alguna cita interesante a media tarde, cuando el picor se acumula en las aceras, en los cuerpos.

Pero esto no le importa, no lo piensa: antes de que septiembre esté en septiembre, alternará entre agosto —brisa marinera de las olas— y un invierno de frías palideces. Su depresión nerviosa se verá afectada por estos vaivenes atmosféricos. Pero dirá: la Sociedad, la Política, Teresa, el tren que nunca pasa… Buscará una razón a su despiste que no tenga que ver con caducas o perennes.

Lo mismo para mí: esta desidia, este aliento de abismo en las amígdalas, este aletear de migraciones, como un ñu a punto de cruzar el río Mara. Este amor de eunuco, esta batalla.

domingo, agosto 07, 2016

El abrazo de la Nada






Cruza el eucaliptal a pleno duelo
en una tarde estática en verano,
dócilmente la urna de tu mano
a las dunas, al mar curvado al cielo.

Inclínate en la arena, no haya prisa
—rodillas como pétalos se ofrezcan,
mejillas como auroras resplandezcan—
y añade mis cenizas a la brisa.

Gritará eternidad una gaviota
al ocaso encendido y el relente
hará de prologuista a la Gran Hada:

la Noche. Mas no abraces tal derrota,
abraza la caricia del potente
y amable contenido de la Nada.

Seguidores