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sábado, junio 17, 2017

Del barrio viejo y el barrio nuevo




Cae la noche:
toneladas de carne reposando en altos bloques;
en el límite exterior de la nube afarolada, en este barrio nuevo,
soñar se nos revela industria inútil
y no tenemos otra.

Nos vamos avecinando entre tabiques: los llantos o las risas, las mudanzas,
los ácidos reproches y gemidos, las micciones,
el suspiro marítimo del agua en su cascada de cerámica,
la gota de tiempo pertinaz que ducha el alba,
traspasan todos ellos la quietud en un dócil estrépito  
—imposible no creer que nadie escucha, es cuestión de inercia y de cordura—.

Atraviesa los solares de grilleras polvorientas
el murmullo blancuzco del asfalto, su trasiego, y nos contiene
despiertos, boca arriba, pensando quién y a dónde
trajina con su cuerpo en esta hora, qué razones
le obligan a cansarse por el mundo, o si su noche
será una noche más, como la nuestra, igual a cualquier otra.

Despiertos en su aroma, a nuestro lado,
estrenando la cama de espaldas a nosotros,
los cónyuges de barrio
tumbados en su propio pensamiento,
absortos en la oscura calima de la estepa urbanizada,
escuchan en silencio el mismo aire, parcelándolo
—ellos con el paso de su tiempo, nosotros con lo externo…—

Así son, ahora y antes, nuestras vidas:
espejos de las vidas de los otros,
iguales a las vidas que sabía el barrio viejo.

martes, marzo 28, 2017

Especulación moral sobre el rey Favila, muerto a manos de un oso

Froiluba despidiendo a Favila. Monasterio de San Pedro de Villanueva, Cangas de Onís.




…no hizo nada digno de la Historia…
Crónica Sebastianense

…sin quitarse el saco de malla que traía con el pavés en la mano y la espada en la cinta, quiso ir a montería. Su mujer la reina Froiluba, dándole el corazón saltos con temor de algún mal suceso, porfiaba con el rey que se desarmase, que venía cansado de pelear y que dejase por aquel día la caza. Tirábale del faldón de la ropa pidiéndole con lágrimas y palabras de amor que se apease. El rey porfiaba en ir y tomando un azor en la mano se despidió de la reina; y ella con mucho sentimiento le abrazó y besó, quedando muy lastimada por los secretos anuncios que le daba el alma.
El rey subió por un monte que está cerca de la vega, que se llama sobremonte al lugar de Helgueras, metióse en un vallecillo que hace ese monte y yendo sólo se topó con un oso; osada y atrevidamente, soltando el pájaro que llevaba echó mano de su espada y embrazó el pavés, cerró con el oso dándole una estocada por los pechos o hijadas, mas no bastó en quitar al oso que no se abrazase con el rey, y le hiriese hasta matarle sin tener quien le ayudase. En el lugar donde los suyos le hallaron muerto está hoy una cruz».

Fray Prudencio de Sandoval, Historia de los cinco obispos




Veíamos desaparecer al joven rey entre la niebla, huyendo del poblado,
sustentando la carga de picor y herrumbre de su padre:
las mallas y las armas, la corona, el mito inmarcesible.
En vegas solitarias, en valles mínimos e incógnitos,
donde el bosque masculla su húmeda abundancia
y la gota se desliza como mundo hacia el arroyo,
allí era feliz — un azor, dos perros, un caballo—, hombre y soberano.
Sin vasallos.

La paz y las cosechas abonan un reino de frontera en la molicie.
Los moros habían renunciado  —algunos, en voz baja, decían despreciado—  nuestras tierras;
dimitieron de la guerra —infieles hasta en eso— sin acatos ni disculpas, en soberbio silencio,
violando un tácito compromiso mutuo contra el tedio.
La muerte de Pelayo nos había sumido en un presente antiguo, sin anclajes.
(Un largo funeral de curas plañendo satisfechos, Favila confundido y encorvado,
tiritando de miradas en medio del crucero, incapaz de entretenernos.)

Crecieron entre nosotros las disputas por límites y celos,
con un doble objetivo: la lucha contra el tedio
y calibrar el confín de la paciencia del rey nuevo,
a todas luces blando e indeciso, el vástago enfermizo de Pelayo.
Crecieron los rumores sobre su fe y su caridad. Pacato y reservado,
era ajeno al estilo ampuloso y detallista — tan grato al oído del obispo — de su padre al confesar.
Crecieron los rumores sobre su hombría y su coraje, se mostraba
renuente al rito del abrazo, la prueba de los nobles,
el sello fehaciente del mesías que guiara la obsesión de nuestro pueblo:
reconquistar lo que nunca poseímos.

Cansado de la pompa, atenazado en la balanza del rey muerto,
se encerró en conversaciones con bosques y animales, en la caza.
A menudo perdonaba la vida de las bestias: jabalinas criando, urogallos,
corzos jóvenes, lobeznos; acariciaba los salmones con cariño y los libraba;
respetaba los huevos de los nidos, conformándose —¿qué rey?— con un puñado de castañas.

Froiluba le esperaba trasparente entre la nieve,
consumiéndose de vida contrahecha,
deshilando juventud con una rueca,
rezando por su amor y por su reino, entumecida de piedra en la capilla,
paralizada entre rumores y el deseo abrasado de plasmarlos.

Había que hacer algo.

Quedaba un minúsculo poblado morisco en la frontera.
Los nobles y el obispo urdimos la feliz escaramuza
donde el rey diera medida sangrienta de sus brazos;
sería una tranquila cacería, una fácil limpieza de alimañas
sin alma ni decencia. Al alba partimos a caballo,
con las armas, la cruz y el estandarte, henchidos de fe cristiana y de nobleza.

Llegamos al lugar a media tarde, rezumando las ingles de dolor y lluvia sudorosa.
Diez cabañas de broza junto al río, una fogata, algunos niños
famélicos y sucios, jugando con el barro de gallinas, corriendo a refugiarse;
mujeres con criaturas de Dios entre los brazos, cubiertas con el velo,
ancianos purulentos sobre esteras, incapaces de emprender el camino de Castilla;
y cuatro o cinco hombres temblorosos, armados de palos y cuchillos,
saliendo a nuestro encuentro.
¡Por Favila y por Asturias! Cargamos contra ellos.

Favila atenazado. Favila con los ojos muy abiertos, en medio de la sangre
y de los gritos. Favila caminando como muerto entre miembros desgajados.
Favila registrando en su memoria las últimas miradas de las madres.
Favila registrando en su memoria las últimas miradas de los niños.
Favila demudado y encogido, arrastrando su espada por el suelo,
llorando de piedad, avergonzado  de lo humano
y dudando lo divino.

Cabalgamos de vuelta por la noche, en un silencio informe
y llegamos a tierra santa en la mañana. Allí nos esperaban las mujeres
ansiosas por curar nuestras heridas, Froiluba la primera,
besó a nuestro señor el dorso ensangrentado de una mano. Pero Favila no descabalgó;
mandó a por sus lebreles y su azor, impávido y distante,
sus ojos inyectados de cansancio y decisión.

Froiluba rogando y padeciendo. Froiluba arrodillándose y gimiendo,
suplicando por el reino y por el cielo.
Y nosotros callando como suelos.
Nosotros atrapados en la vida, en este extraño lapso impredecible,
en este deambular contradictorio, terrible, irrenunciable,
atados a esta raza de animales endiosados.

Y allí donde el valle se encapricha y se vuelve tenebroso,
donde el río ensordece los recuerdos con su canto
y el bosque cerrado nos muestra indiferente lo que somos,
allí esperaba el oso. El oso necesario.
Su necesario abrazo.


martes, enero 31, 2017

Otra vida, otra bahía

Madonna like a prayer, 1989





Pedías otra vida, enarcando tus cejas de cobalto,
roturando tus párpados lentos en aguante, resoplando
tu frente nervada de disgusto, acorazada,
con un sabor de odios herrumbrosos en la boca,
metiendo a Dios.


Otra vida distinta, más sencilla, dorada por la calma —una bahía
mecida en la espesura de la pesca, una cabaña
crujiendo en el ocaso, con una hamaca blanca…—;
quietas noches deambuladas entre días abarcables,
largos años de suave vivir hombre, coronados
por una suave muerte inesperada.


Eras ciego:
delante de tu ahora tenías otra vida
intacta y elegible y abierta
a todas las bahías.

miércoles, diciembre 07, 2016

Plegaria


Carrie Fisher en 1977


Vas explorando terreno árido, improbable,
en gemido frío y distancia, como perro
de lomo tembloroso que husmeara
vida externa nueva
donde otros perfumaron antes con su magia los túmulos del alma.


Las leyes de ese tránsito erizado son el sueño y el recuerdo.
Recias leyes: allá entre la maleza de vergüenzas, donde odias
escarbar memorias tumefactas,
un reclamo fantasmal, un volátil humor de trufa negra
lo paraliza todo, te religa con algo que no es nada.


Lo demás es tiempo dudoso y tierra fuera:
preñadas de silencio, tus carencias
hacen uñas codiciosas y entonces, afilada y rara
polilla endémica que pasa por cedazos normativos de palabras,
ve la luz, como un recién nacido,
palpitante y compleja,
                                  la plegaria.

sábado, noviembre 12, 2016

Sueño despertar

Daysleeper


Sueño: labios, baranda, noche imaginaria. Despertar
sobre lomas en calma de otra noche —¿verdadera?—
y no saber por un instante si eres carne
o imagen proyectada. Párpados despliegan a lo negro
pupilas primitivas que apremian un ámbito exterior sin decidirlo. Rige
una ley fronteriza en la conciencia.

La breve moratoria en retomar vida baldía no es nostalgia,
porque nunca sucedió lo que soñaste. Es
un abrazar lento a la pereza de ti mismo,
un trabajo delicado de extinguir la fantasía
y volver serenamente al entendimiento blanco de las cosas.

Desciende por fin tu identidad por las lamas de luz de la persiana;
se pliega el tiempo a un orden en el brillo digital de la mesita
—la hora del suspiro y del gemido entre las sombras—:
calle X, cuidad Z, mundo D, especie H…

Y ofrece el paladar por dos veces a la lengua
un ligero sabor a caja de madera.

sábado, octubre 22, 2016

Rodrigo


Paracuellos, de Carlos Giménez


Pienso en ti, y pienso en los mecanismos del  fracaso. Muchacho
delicado te recuerdo
librando una estéril reyerta de colegio.

¿Qué es perder? Cuando el lacre vital manaba escandaloso de tu ceja
tu pírrico rival ya calculaba abrumado su galerna:
un cura de flema tenebrosa, exilio a casa,
un padre impune y monstruoso —de tal palo tal astilla—.

Eras nuevo y eras frágil, y fuiste digno como un niño.
Aquel capo de recreo y su distinguido corrillo de cobardes
esperábamos sumisión al silencio establecido, que evitaras
complicarte la vida después de un sarcasmo fornicante
sobre tu madre —pobres madres—;
que mirases huidizo hacia otra parte, como adulto…

Pero tú volvías y volvías a por puños,
cojonero, replicante; a sabiendas de la herida
física —incluso, si fuera necesaria, de la muerte—,
a sabiendas de la debilidad de todo caudillaje ante el valiente.

Tu instinto era lúcido y entero, pero solo con tiempo pude verlo.

Estoy cansado.  A veces pienso que es tarde para todo:
desertar de aquel corrillo infame, ponerme de tu lado... Debería,
aquella vez en el trabajo que aquel jefe…
o aquella otra vez que… y nunca hice nada, dije nada.

Hoy recuerdo, Rodrigo, pienso en ti
y pienso en los mecanismos del  fracaso.

jueves, octubre 06, 2016

El niño que recitaba



Recitado por Juan Ibáñez


Cayéndose del guindo, feo y marcado,
la presa de los reyes del recreo
decía, en dulce paz de ninguneo,
palabras a compás bien resguardado.

A un orden inmortal abandonado
gustoso paladeaba aquel fraseo:
pirata luna y arpa, olmo y deseo,
el fiel moro Abenamar y el tractado.

Vibraba entre las pausas un ardor,
estrófico temblor,
un destino de santo o de corsario.

Pero el río del niño da en la mar
haciendo niñería el recitar.
La prosa le hizo adulto, un ser falsario.

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